Objeto transicional

2.2 El significado de el objeto transicional para la autorregulación

Las primeras internalizaciones del infante no son objetos, son procesos de regulación interactivos, secuencias reguladas de acciones mutuas del niño y la madre. En este espacio relacional entre la madre y el hijo prueba el infante, desde el principio, sus capacidades autorreguladoras, que le transmiten el sentimiento de que puede influenciar su condición afectiva [Dornes 1993]. A estas tempranas formas de autorregulación se incluyen el fenómeno que Winnicott [1953] describe como los “objetos transicionales”. El objeto transicional se trata de un objeto que el infante escoge por voluntad propia: la colcha, la mantita preferida o el peluche preferido que está al alcance y presente durante la ausencia de la madre y consuela al niño/ niña en este momento, debido a que ofrece al infante la calidez y protección, cualidades que la madre corporiza y entonces, a partir del objeto transicional, el infante puede sentirse conectado con la madre.

De esta manera se resuelve el problema en una manera óptima: el niño carga a su madre consigo mismo, por así decirlo, pero también puede, si así lo desea, soltarla; tiene autonomía, pero puede acunarse en la dependencia Stierlin 1978.

 Winnicott menciona como objeto transicional la primera “propiedad” que no es parte del infante. El objeto transicional logra una conexión entre un objeto externo, la madre y objetos internos [introyectos]. El infante percibe, que el objeto transicional no es parte de sí mismo, pero tampoco pertenece del todo al mundo exterior, sino que se ubica en un área tercera [media] entre el interior y el exterior, entre lo que el infante percibe subjetivamente y lo que el infante percibe objetivamente.

La estabilidad del objeto transicional es de gran importancia, no puede o debe cambiar. Aunque sólo puede ser un objeto transicional lo que está cercano, el objeto transicional no es encontrado debido a una coincidencia por el infante, sino que es creado en su función por él. No le sirve si el objeto transicional no puede llenar su función, si no puede ser “inventado”. Este proceso significa un rendimiento creativo, ya que el infante conecta aspectos contrarios. Junta autonomía y dependencia de una manera muy compleja. Esta es una característica esencial del proceso creativo [Stierlin 1978]. Un objeto transicional sólo puede ser inventado debido a la experiencia especial del infante, de que la madre logra adaptarse a sus necesidades y esta ilusión le permite al mismo que aquello que él invente, también exista [Winnicott 1969].

Por otro lado, debe ser observado que el objeto transicional no es creado en una fase de satisfacción, sino en una situación en la que el infante se encuentra en una urgencia.

El objeto transicional consuela al niño, cuando está triste o sólo, cuando tiene miedo. Ayuda en la disminución de la tensión, la re-elaboración de un sentimiento de seguridad.

El objeto transicional no es un símbolo de la madre sino de la función materna, de la calidad de la relación. En el objeto transicional el infante no busca reemplazar a la madre como persona sino mantener “vivo” un estado satisfactorio a nivel emocional a pesar de la ausencia de la persona que da seguridad. En este sentido el objeto transicional es una representación interaccional presimbólica.

Los objetos transicionales son objetos de sustitución con carácter del sí mismo y de objeto, son objetos “doblemente poseídos”, con posesión objetal libidinosa y satisfacción narcisista.

El desarrollo del objeto transicional está en estrecha relación con del desarrollo general del niño, el cual está basado en la construcción de potencial de actividad en aumento, lo cual asegura la satisfacción de las necesidades. El gran significado del objeto transicional yace en que el infante puede, a partir de su propia actividad, tener la experiencia de “tomar influencia” sobre su estado de ánimo, puede tener los medios para regular su bienestar. Esto lo lleva a realizar un paso importante de la dependencia a la autonomía.

Otro aspecto importante del objeto transicional es que éste señala desde muchos puntos de vista una transición. Los objetos transicionales aparecen en la fase de transición de una relación dependiente, simbiótica con el “objeto” a una independencia en aumento. El objeto transicional marca el desarrollo de una imaginación concreta a la formación del símbolo. El niño sabe que el objeto transicional no es la madre, sin embargo reacciona de tal manera como si éste lo fuera. Los objetos transicionales se instalan, por lo tanto, en área intermedia donde el niño aún no puede diferenciar entre objetos internos y externos, fantasías y hechos. Los objetos transicionales como tales son presimbólicos, pero en tanto que adquieren con el paso del desarrollo más “objetividad” los “osos de peluches” se convierten en imágenes, los “osos de peluches” y las imágenes de osos de peluche se convierten en palabras y símbolos, que representan osos de peluche. Así desarrolla el objeto transicional la función de la formación del símbolo.

Winnicott señala también la relación entre el objeto transicional temprano del niño y la más tardía actividad cultural y sus intereses, en los cuales yace por debajo la necesidad de encontrar un reemplazo simbólico a las fuentes primarias que a nivel interno y externo nos dotaron de seguridad. En cierto sentido son “bases de hogar interiorizado” a las cuales uno debe regresar de tiempo en tiempo, antes de volver a dirigirse “al mundo” [Eagle 1988].

“La carencia de capacidad de simbolización está acompañada por la pérdida de la imagen en sentido figurado: No la capacidad de crear imágenes ha sido perdida, sino la vitalidad, la plasticidad y el significado de las imágenes y los afectos. Ellos yacen, por ahí, como bloques y no están integrados en un mundo interior coherente”

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2.3 Autorregulación y el “espacio intermedio”

En la interacción entre madre e hijo se construye, con el paso del tiempo, una “estructura de acontecimientos” [Bohleber 1992]. El paso del día está determinado por ritmos que se repiten, que de ambos lados permiten que se originen constelaciones de expectativas y que permiten que el infante tenga experiencias que se repiten de manera confiable. Hoy en día, se da por sentado, que son éstas interacciones relativamente sin tensiones, no espectaculares y poco dramáticas las que a largo plazo conforman el “trauma acumulativo” cuando debido a una madre poco capaz de hacer de espejo, poco empática, las necesidades del infante no son satisfechas de manera satisfactoria [Dornes 1993].

Por otro lado, una madre que actúa y reacciona ayuda al infante a vivenciar su propia capacidad de influencia y el efecto que puede tener su propia iniciativa.

Al lado de estos ciclos de interacción dentro de la estructura cotidiana, están los tiempos libres de interacción. En estos momentos, el niño no es “molestado” ni por sus propias necesidades [está seco y satisfecho] y tampoco por las necesidades de su madre [sin embargo ella se mantiene cerca], entonces el infante puede seguir su propia atención, puede poner en marcha sus propias acciones y puede observar sus efectos. Este es el espacio de los primeros juegos funcionales, como el juego con las propias extremidades, con objetos manejables, la experimentación con la propia voz, etc. El infante, está aquí, en un estado de equilibrio, que le permite percibir sus sentimientos internos y percibir sus impulsos internos como propios. De esta manera, el niño logra experiencias individuales en relación a la autoría de sus propios estados de ánimo, imaginaciones y reacciones, desarrolla el sentimiento de un espacio psíquico, que permite la iniciación de la capacidad de estar sólo, el cual es un lugar intermedio entre la realidad interna y externa. Winnicott [1984] llamó a este estado, que es fundamental para el desarrollo de la identidad, el espacio intermedio, un espacio de estar sólo en compañía de otro, donde ocurre una forma de comunicación donde no se dirige uno a un receptor, donde el niño es capaz de recogerse en sí mismo, sin perder la identificación consigo mismo, de la cual se ha abstraído. Este es un espacio, que no puede ser pisado por el afuera, donde al infante no lo alcanza la influencia del adulto, sólo en tanto le concede la función de lograr una situación para que el infante se desarrolle Winnicott [1984]. Este espacio es el aspecto del auto-desarrollo que se abstrae de la influencia de la crianza y las interacciones.

Desde temprano el infante tiene un fuerte interés en “crear efectos”, sentirse que “origina cosas”, tener posibilidades donde conecta con su capacidad de influenciar. El sentimiento de que puede lograr un “efecto” sobre algo es la base de la autoconfianza, de la experimentación creativa, de la disposición al riesgo y sobre todo, de la propia iniciativa, que conduce a la experimentación, así como a los procesos de superación.

 De esta manera, se desarrolla el sentimiento para la capacidad de lograr algo y poder cambiar algo. Algo que esté en coherencia con las propias necesidades, el propio ritmo, el propio orden. Esta no es sólo la base de la vida creativa en general sino también de los procesos específicos de autodirección y autorregulación.

La característica principal para que pueda originarse un espacio intermedio, es el sentimiento de seguridad básico del infante. Ya se mencionó que en este “espacio” la madre está presente, sin entrar en contacto con el infante; ella logra, debido a su cercanía, un marco de seguridad, que permite al niño recogerse en sí mismo, sin preocuparse ni tener que poner en duda el vínculo y la seguridad. De esta base de “contención” se pueden desarrollar conductas activas, explorativas, autoexplorativas y otras conductas creativas. La confiabilidad de la persona de referencia [madre, padre, cuidador primario] y en general una red social relativamente estable proporcionan y asisten al originen de la base de la “contención”.

Se genera en este contexto la pregunta, por qué el “espacio intermedio” es necesario para la autoregulación cuando el infante se encuentra de por sí en condiciones de desarrollo “positivas”. El esquema de las fases tempranas de desarrollo [capítulo 1] nos mostró, que el desarrollo, también bajo condiciones positivas, es un acontecimiento extraordinario lleno de tensiones, el desarrollo sólo se puede lograr dentro de la tensión de contrarios, la polaridad y la ambivalencia son parte de este proceso. Polaridades como: Certeza/incertidumbre, continuidad/cambio, autoregulación/ importancia de la relaciones con el “objeto” son aspectos importantes de un desarrollo “normal”.

También bajo la base de vínculos seguros no puede evitarse experiencias de inseguridad, miedo, soledad, abandono, indefensión. También, la madre suficientemente buena [como Winnicott la llama] no está en la capacidad de atender de manera ininterrumpida todos los deseos del niño de atención y contacto. Sólo por la propia necesidad del niño, condicionada por el desarrollo, de iniciativa propia, autonomía e independencia de los vínculos más tempranos y estrechos & al mismo tiempo el deseo de mantener estos vínculos se originan fuertes tensiones y conflictos. El espacio intermedio, que desde el principio pertenece al área del juego, permite la distancia a esta problemática, sin perder la conexión con la realidad.

Justamente porque el “espacio intermedio” es un espacio entre la realidad interna y externa, es posible disminuir tensiones y con esto es posible la reelaboración de un equilibrio relativo para resolver problemas, apoyados por una capacidad de actuar real. La actividad “autodirigida” dentro del espacio intermedio puede repetir experiencias insatisfactorias que no pudieron ser asimiladas de manera inmediata, de manera juguetona & de esta manera se ajusta la propia capacidad de superación y se puede facilitar una integración. Un “tomar de manera pasiva” puede ser transformado en una “ocupación activa”, experiencias abrumadoras a nivel emocional, como el miedo, puede ser trabajados de manera “dosificada”.

La identidad es un proceso creativo, el balance entre lo interior y lo exterior, un producto del <espacio intermedio>” [Bohleber 1992].

El redireccionamiento de las energías de un estado pasivo de ser receptor a una “ocupación activa” construye los parámetros decisivos de la autopercepción, la autoría.

Poder dirigir el propio sentir [dentro de unos límites], es una experiencia fundamental de la autorregulación. Actuar uno mismo y ejercer una influencia y a través de esto no dividir los procesos de superación de los procesos de vida primarios, sino adecuarlos a las propias posibilidades y con esto desarrollar esta posibilidad a modo de prueba, es la base del fortalecimiento de las fuerzas creativas y con esto de la capacidad de autorregulación y superación. Cuando el niño tuvo la posibilidad de desarrollar sus fuerzas creativas, esto quiere decir, cuando puedo desarrollar un espacio intermedio, tiene a su disposición un potencial para la superación de conflictos suficiente. El “espacio intermedio” no está, naturalmente, limitado al tiempo de la infancia o niñez, continua más tarde en “espacios de juego”, “espacio de libertad”, que también el adulto puede mantener vivos. Este espacio intermedio no se origina de la nada, sin embargo. Debe poder desarrollarse, por esto son los comienzos tan importantes. En el “espacio intermedio”, el niño tiene el derecho o pretende, percibirse a sí mismo, no tiene que rechazar percepciones abrumadoras, pero puede confrontarlas con percepciones positivas; de esta manera puede soportar las primeras “compensando” las energías.

El ser humano puede mantener vivas sus posibilidades de creación, si por lo menos en una pequeña proporción logra desentenderse de las obligaciones, compulsiones de una crianza rígida a partir del Super –Yo, esto quiere decir cuando puede mantener un espacio libre de creatividad como “espacio intermedio”, en donde el en contraste a las exigencias, normas y mandatos [que no son propios] puede permitir su capacidad de percepción y expresión con todos sus sentidos; así puede reducir la tensión de estos contrarios y fortalecer su capacidad de superación.

Cuando, con la ayuda del “espacio intermedio” se puede mantener la unidad de los sentidos o en la formulación de Ciompis [1994] “el esquema afectológico” está intacto, entonces se puede percibir la realidad de una manera amplia [se pueden rechazar aspectos importantes o ser percibidos], & también se puede reaccionar a esta realidad de manera que uno se mantenga bien estructurado.

La capacidad de superación puede desarrollarse y se mantienen disponibles para la persona en el proceso creativo habilidades como: el “nuevo orden”, la reestructuración”, “la reevaluación” que le permiten generar equilibrio psíquico para poder usarlo en la superación de la realidad.

 

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Escrito por:arteterapiaec

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