Existen detractores y partidarios del colecho. Investigo sobre este tema porque ha sido un tema recurrente en mis terapias infantiles. En todos los casos que yo he tratado, el colecho se había extendido hasta más allá de los cinco años causando una transformación en la constelación familiar. El cuarto de los padres se había convertido en una especie de campamento, todas las noches; los padres habían perdido posibilidades de momentos de intimidad debido a sus acompañantes nocturnos y los niños se habían tornado muy frágiles a la hora de encarar sus miedos, ya que se habían acostumbrado a la omnipresencia de los adultos.

Entonces, si Ud. está interesado/a en seguir leyendo este texto tiene que saber que yo soy una detractora del colecho [respetando, obviamente, el libre albedrío de cada familia] cuando este afecta el espacio de autonomía y el derecho a la intimidad de todos los miembros de una familia. Intentaré esclarecer mi punto de vista con el siguiente escrito.

Los niños que duermen con sus padres pueden sufrir trastornos del sueño y del desarrollo

Todos los niños han sentido en alguna ocasión la necesidad de dormir con sus progenitores. Y todos los padres han experimentado alguna vez el deseo de compartir la cama con sus hijos. Es un sentimiento universal y su práctica puede estar justificada esporádicamente, por ejemplo, cuando el pequeño se encuentra mal y quiere mimos o tiene miedo, o cuando el adulto, ausente la pareja por trabajo u otras razones, desea sentir cerca al niño. Sin embargo, los expertos recomiendan que esta práctica nunca se convierta en hábito por los efectos perniciosos que puede tener en el desarrollo infantil, al interferir en el aprendizaje de la autonomía y favorecer la aparición de trastornos del sueño.

En EE UU los pediatras Ferber y Lozoff han estudiado a fondo el llamado co sleeping: cuando el niño duerme con alguien del entorno hogareño (padres, hermanos, abuelos, niñera). Investigaciones realizadas por estos autores en las décadas de 1980 y 1990 revelan que dormir con los niños no les beneficia.

Compartir la cama a veces está condicionado por falta de espacio en el hogar. Pero la literatura médica demuestra que las causas trascienden ese ámbito y que este fenómeno no sólo se da en poblaciones con un estatus socioeconómico medio y bajo, sino también alto“, admite la neurofisióloga Rosa Peraita, responsable de la unidad del estudio del sueño del hospital Gregorio Marañón de Madrid.

Como indica Peraita, el sueño es un periodo de gran actividad de la corteza cerebral y durante su transcurso se segregan hormonas como la del crecimiento, el cortisol o la melatonina. Un sueño adecuado en cantidad y calidad es fundamental para un desarrollo sano en los niños. Entre otros trastornos, las alteraciones del sueño podrían comprometer la segregación de la hormona del crecimiento y condicionar la talla.

El niño debe tener su propio espacio vital también para dormir y descansar. Necesita ciertas condiciones de aislamiento, lumínicas, térmicas y acústicas que le ayuden a conciliar el sueño. Todo lo que sea perturbar su sueño, como los ronquidos o los contactos por movimientos al compartir la cama, puede favorecer con el tiempo la aparición de trastornos, sobre todo insomnio”.

Para María Jesús Mardomingo, jefa de Psiquiatría Infantil del hospital Gregorio Marañón, es aconsejable que el pequeño duerma en su cuna y fuera de la habitación de los padres a partir del cuarto o quinto mes de vida.

“Cuando el bebé llora”, dice, “y no sabe expresar por qué se altera su sueño, los padres y responsables de su cuidado deben indagar primero la causa y, si esta existe, corregirla, como pudiera ser cambiarle el pañal o darle el biberón si tiene hambre. Lo peor que puede hacerse es llevarle a la cama de los padres para que se calle y les deje dormir. Acabará convirtiéndose en una costumbre por ambas partes”.

Entre los tres y los cinco años los niños pueden sufrir pesadillas y terrores nocturnos. Este hecho forma parte de su paulatino descubrimiento del mundo y de su maduración emocional. A juicio de Mardomingo, no hay que infravalorar el sufrimiento que esto causa en el niño. Es necesario escucharle, tranquilizarle, hacer que se sienta comprendido y apoyado, pero mostrar firmeza para que siga durmiendo en su cama.

Según esta psiquiatra, cada vez son más frecuentes las consultas en los niños por miedo a dormir solos. Cualquier acontecimiento vital que para ellos sea traumático puede generar miedo a dormir solos, ya sea por temor a la oscuridad, a que aparezcan monstruos, a los ruidos. Y este temor se traduce en un estado de ansiedad y angustia que representa un gran sufrimiento para el pequeño.

“En estos casos”, explica Mardomingo, “hablamos de una reacción de estrés postraumático que perturba el sueño. Es frecuente hallar estas conductas cuando los niños han vivido catástrofes naturales y accidentes o cuando han presenciado actos de violencia, o han sufrido la pérdida de un ser querido. También los problemas en el colegio pueden conducir a serias alteraciones del sueño y al miedo a dormir solo”.

Para esta especialista, escuchar al niño e indagar la causa es la primera actitud que han de adoptar los adultos y, si la situación se perpetúa y altera notablemente la calidad de vida del pequeño, tal vez sea necesario consultar con un profesional.

DECÁLOGO PARA LA BUENA HIGIENE DEL SUEÑO INFANTIL

– 1. El sueño es un hábito que requiere un aprendizaje y el respeto de un horario, así como unas condiciones favorables de temperatura, silencio y luz.

– 2. A partir del cuarto o quinto mes de vida el bebé, siempre que sea posible, debe salir de la habitación de sus padres.

– 3. Desde que es muy pequeño es importante enseñar al niño a dormirse solo, no en brazos ni en el sofá o en la cama de los padres, aunque luego sea trasladado a la suya. Se le puede ayudar con la lectura de un cuento y dejándole una luz tenue.

– 4. No es conveniente acostarse en la cama del niño hasta que se duerma. Con esta actitud se merma el desarrollo de su autonomía. Los fines de semana se le puede permitir que vaya un ratito por la mañana a la cama de los padres.

– 5. Es importante respetar un ritual al acostarse e inculcarle que hay que ir a dormir porque todos necesitamos descansar.

– 6. Si el niño se despierta a medianoche asustado e inquieto, es necesario tranquilizarle, mimarle un poquito, pero sin dar demasiadas explicaciones y mostrando firmeza para que continúe durmiendo solo.

– 7. No es recomendable permitir que a media noche se vaya a la cama de los padres, abuelos, hermanos u otros. En algunas familias se produce tal trasiego, que ninguno de los miembros amanece en su cama.

– 8. Es importante enseñarle a no molestar a los demás cuando él madruga demasiado. Conviene no ponerle la televisión y ayudarle con suavidad y firmeza a volverse a dormir.

– 9. No hay que premiar al niño por dormir bien, sino enseñarle que eso es lo normal. Es aconsejable reducir el exceso de gratificaciones a los que se acostumbra ahora a los niños cuando cumplen con su deber.

– 10. El padre y la madre tienen que compartir los mismos criterios y la misma autoridad ante la hora de ir a acostarse y respetar las normas del sueño.

Niños que duermen con sus padres: 12 pautas para que prefieran su cama

La clave reside en evitar la sobreprotección y ser flexibles en función de las necesidades de los niños a la hora de adaptarse a dormir solos.

¿Tiene pequeños policías nocturnos en su cama? No se preocupe, porque sus hijos acabarán por elegir de manera espontánea su propio espacio para dormir. ¿Cuándo? Lo habitual es que a partir de los 10 años de edad busquen su propia intimidad nocturna.

La permisividad a la hora de compartir espacio de sueño con los más pequeños varía según las culturas. “En algunos países orientales, como Japón, los pequeños comparten espacio por la noche con sus padres hasta los 5 ó 6 años y en España les envían a otra habitación cuando son lactantes. Hay una tendencia innata a dormir en compañía. Si a los adultos nos consuela el abrigo social, con más razón en el caso de un niño que es más vulnerable. Al fin y al cabo, es lógico que ellos nos busquen, sobre todo de noche”, comenta Iván Carabaño, jefe del servicio de Pediatría del Hospital Universitario Rey Juan Carlos-Hospital general de Villalba.

El miedo a la oscuridad y la ausencia de los adultos, que suponen su fuente de protección, son causas habituales por las que un niño hasta los siete años de edad no quiera dormir solo. “Todavía está presente el pensamiento mágico y la existencia de monstruos y personajes fantásticos. También son frecuentes las pesadillas y el deseo de cercanía respecto de sus progenitores. Por ello, en esta etapa, es más habitual que los niños acudan a la cama de los padres. Ayudar a que afronten esos miedos es tarea de los adultos”, explica Carla Valverde, psicóloga clínica infanto-juvenil del Centro de Salud Mental de Majadahonda (Madrid).

“Los padres pueden abordar esta situación de una manera dialogada, y llegar a un consenso. Si la pareja estima que la migración de su hijo a su cama supone una interferencia importante para su felicidad, pueden intentar no ceder al requerimiento infantil o bien hacerlo de manera moderada. Una buena estrategia con los niños que necesiten más a sus padres por la noche es llegar a un acuerdo de mínimos para dejar que duerman junto a ellos, por ejemplo, un día a la semana”, aconseja el pediatra Iván Carabaño.

No obstante, ciertas pautas, recomendadas por la psicóloga Carla Valverde, pueden ayudar a que el niño duerma en su cama, si es lo que los padres quieren:

1- Preparar el terreno para que el niño vaya a dormir. Se pueden prevenir interrupciones del sueño durante la noche si se llega a la cama con la digestión hecha, se evitan comidas copiosas y actividades físicas estimulantes, se modera la ingesta de líquidos y se crea un entorno agradable (temperatura templada, cama cómoda).

2- Generar el hábito de dormir en su habitación a temprana edad facilita el proceso de adaptación. Se trata de que el niño/a tenga claro cuál es su lugar para dormir. Cuanta mayor coherencia exista en este sentido, más fácil será crear este hábito.

3- Fomentar cierta rutina a la hora de ir a dormir ayuda a que el niño/a pueda anticipar lo que ocurrirá antes de que se produzca la separación para irse a la cama. Ponerse la pijama, lavarse los dientes, contar un cuento, cantar una misma canción, caricias, besos y mimos. De esta manera, se ayuda a que el niño/a aprenda a diferenciar cuando es el momento de estar con los adultos y cuál es la hora de irse a la cama.

4-Objetos quitamiedos que tranquilizan. Un osito muy querido, una foto de papá y mamá, una mantita muy suave, un atrapasueños, o dejar la luz encendida, pueden ayudar a los niños a lidiar con sus miedos cuando se queden a solas en la habitación.

5 –Evitar ceder la cama. Si ante temores, pesadillas, despertares por diferentes motivos (malas digestiones, sed, necesidad de ir al baño) el niño/a acude a la cama de los padres y se lo permiten, se transmite el mensaje de que es posible dormir con ellos en determinadas circunstancias. De este modo, existe el riesgo de que el niño/a adopte el hábito de dormir con los padres.

6- Fomentar la autonomía del niño/a a lo largo del día. Resulta positivo ayudar a los niños a hacer actividades propias de su edad por sí mismos (vestirse, comer, ordenar su habitación) para que adquieran autonomía y confianza en sus propias capacidades. Aprender a convivir con momentos de soledad a lo largo del día, sin la supervisión y presencia de adultos, previene el exceso de dependencia en los pequeños, lo que aumenta su tolerancia a la hora de dormir solos.

7- Retirar los apoyos a la hora de dormir solos de manera progresiva. Es recomendable avanzar paso a paso hacia la meta de que los pequeños duerman toda la noche en su habitación. Existen varias opciones en este sentido, como en el caso de la transición de tumbarnos con el niño/a a sentarnos a su lado, acordar un tiempo para despedirnos o quedarnos un rato en la puerta, en lugar de todo el tiempo a su lado.

8- Ayudar a afrontar los miedos a la hora de irse a la cama. Inventar un cuento con un final en el que se salga vencedor ante una pesadilla, que el niño corra a la habitación oscura, a pesar del temor que le puede generar, con las consiguientes felicitaciones de los adultos, hacer un dibujo donde el niño/a vence a los monstruos que le atemorizan.

9- Analizar y detectar si existen en la vida del niño/a factores de estrés de carácter significativo que dificulten su tranquilidad e incidan en que no pueda conciliar el sueño al quedarse solo.

10- Crear momentos de unión en familia fuera del dormitorio. Si la separación del grupo familiar es la dificultad para renunciar a ese momento para irse a la cama, puede resultar útil para superarlo crear estos ratos en otro lugar de la casa antes de ir a dormir, como en el sofá. De ese modo, el hecho de dormir separados no supone una renuncia a los momentos de unión y afecto familiares.

11- Confiar en que el niño/a lo conseguirá y darse cuenta de la importancia de que nuestro hijo/a crezca. La actitud de confianza de los padres con sus hijos es clave para transmitirles que son capaces de dormir solos.

12- Favorecer un vínculo positivo con los niños. El exceso de inseguridad y temores puede deberse a que la relación de apego con los progenitores esté establecida de forma inadecuada. Por ello, los padres pueden plantear formas de favorecer una vinculación sólida y segura con sus hijos, que les permita explorar el mundo y estar tranquilos en su cama para abandonarse al plácido sueño.

Dormir solo: un hábito

El psicólogo Diego Alvarado destaca que para que para que algo se vuelva hábito debe practicarse por más de 12 semanas. “Contrario a lo que se afirma de los famosos ‘21 días’, se requieren más de tres meses de repetición de lo mismo, antes de lograr que la conducta se realice de manera automática”, señala. En otras palabras, hay que tener paciencia.

Desventajas de niños que duermen con padres

  • Entorpece el desarrollo evolutivo del niño:Esto es, según la psicóloga Isabel Carrasco, psicóloga clínica de cinteco y experta en psicología infantil, a partir de determinadas edades como los siete, ocho años. Los niños necesitan desarrollar su espacio y acostumbrarse a él. Dormir a los 12 años con los padres lo considera «patológico».
  • Los niños mayores que duermen en la cama de sus padres suelen ser más inseguros y tienden a ser adultos que no confían en sí mismos. No solo afecta la autoestimay la confianza, sino también crea una relación de co-dependencia y puede hasta causar inestabilidad en las relaciones de pareja en su adultez.

 La edad ideal para dejar el colecho

Según numerosos estudios, la edad perfecta para dejar ese hábito es entre los 5 a los 7 años. En ese momento el niño se está identificando como individuo y es importante que comience a tener una seguridad e identidad propias. A esta edad tiene que dominar sus miedos. La mayoría de las teorías en los libros de psicología clásica, aseguran que la personalidad de un individuo se crea entre los 3 y 7 años, por lo que lo que ocurra en esa primera etapa afectará el resto de su vida.

A los 7 años, el niño es muy grande físicamente para caber en la cama con ambos padres. Además, después de esta edad comienzan también algunos cambios físicos que determinan las características sexuales en los niños y las niñas. En esta etapa de pre pubertad, entre los 7 y 10 años, el cuerpo se preparará para los cambios hormonales que ocurrirán en la adolescencia.

Y tú, ¿qué piensas sobre el colecho? ¿Dormías con tus padres de niño/a? ¿Cómo manejas éste tema en tu vida?

Escrito por:arteterapiaec

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