Todos deseamos ser amados,

En su defecto, admirados,

En su defecto, temidos,

En su defecto, odiados y despreciados.

Deseamos despertar una emoción

En quien quiera que sea el otro.

El alma se estremece ante la vida

Y busca el contacto sin importar a qué precio.  

Poeta sueco: Hjalmar Söderberg [Extraído de Libro: Doktor Glas] 

 

Las 5 heridas de la infancia

Afectan nuestro bienestar, nuestra salud y nuestra capacidad para desarrollarnos.

 Es bastante común, por desgracia, que nuestra salud emocional esté dañada desde la infancia. A menudo no somos conscientes de qué es lo que nos bloquea, lo que nos da vértigo o lo que nos provoca temor.

En gran parte de estos casos, el origen está en lo aprendido cuando éramos niños, esas heridas que nos han ocasionado nuestras primeras experiencias con el mundo y que no hemos podido sanar. 

“El primer paso, como todo en la vida, es aceptar que las heridas están en nosotros, darnos permiso para enfadarnos y, sobre todo, darnos tiempo para superarlo”. Lisa Bourbeau

 ¿Por dónde empiezo para sanar las heridas emocionales?

  • Aceptar la herida, como parte de ti, esta herida, te va a enseñar algo.
  • Aceptar el hecho de que lo que temes o reprochas de los demás, tú mismo se lo haces a los otros y sobretodo te lo haces a ti mismo.
  • Darte el permiso para enfadarte con aquellas personas que alimentaron esa herida.
  • Ninguna transformación es posible si no se acepta previamente la herida.
  • Darte tiempo para observar cómo te has apegado a tu herida en todos estos años.

 Las bases de una madurez feliz se construyen en la infancia. Estas cinco heridas emocionales que surgen en la infancia hacen difícil que seas feliz si no las superas.

  • Durante los años infantiles se construyen las bases de la vida adulta. Por eso, no superar de manera adecuada los temores infantiles hace que te comportes, temas o tengas actitudes negativas que marcarán cómo te relacionas con las personas y el ambiente que te rodea durante la adultez y el resto de tu vida. Así de importante es esto.
  • Lo peor de lidiar con estas heridas es que, de una manera u otra, influyen y marcan a tus hijos, haciendo de ellos una proyección negativa tuya.
  1. Miedo al abandono

La soledad es el peor enemigo de quién vivió el abandono en su infancia. Habrá constante vigilancia hacia esta carencia, lo que ocasionará que quien la haya padecido abandone a sus parejas y a sus proyectos de forma temprana, por temor a ser ella la abandonada. Sería algo así como “te dejo antes de que tú me dejes a mí”, “nadie me apoya, no estoy dispuesto a soportar esto”, “si te vas, no vuelvas…”.

Los niños pequeños necesitan un contacto permanente con sus padres o cuidadores influyentes para crecer psicológicamente sanos. Si estas personas han estado casi siempre ausentes, o al menos emocionalmente ausentes, por los motivos que fueran durante gran parte de la infancia del niño, éste percibirá que no tiene un referente en quien apoyarse y se sentirá perdido e incomunicado.

Las personas que han sentido profundamente la herida del abandono en su infancia suelen ser muy inseguras, de manera que buscan denodadamente un apoyo que les ayude a tomar decisiones. Como no confían en sí mismas, es frecuente que desarrollen una dependencia emocional respecto de otra persona.

Asimismo, una persona con una dependencia emocional es muy fácil que termine cayendo en ‘las garras’ de una persona manipuladora, de manera que ambas se vean atrapadas en una relación insana de codependencia afectiva.

Asimismo, el dependiente emocional es muy propenso a adoptar el papel de víctima. Según el psicólogo Stephen Karpman, los tres comportamientos típicos en las relaciones interpersonales de codependencia son el de salvador, el de víctima y el de perseguidor. Aquel que se sintió abandonado en la infancia es frecuente que se comporte como una víctima en sus relaciones con otras personas con el objetivo último de llamar su atención y lograr su apoyo. Porque una víctima tiene una especial ‘habilidad’ para complicarse la vida y meterse en dificultades. Sin embargo, en vez de buscar solución a los problemas, suelen adoptar una posición pasiva mientras maldicen su mala ‘suerte’. Una víctima siempre necesitará que otra persona que adopte el papel de salvador le solucione su vida y le socorra.

En sus relaciones afectivas, tienen pánico a ser nuevamente abandonados como en su infancia, de manera que se aferran a su pareja y se sienten incapaces de romper una relación, aunque llegase a ser muy destructiva.

Asimismo, no es infrecuente que la persona dependiente no quiera tener hijos bajo el pretexto de que no desea perder su ‘independencia’. En realidad, en el caso de que sea el hombre quien depende emocionalmente de su pareja, teme que la llegada de un bebé pondría en riesgo la constante atención que necesita de su mujer. Si la dependiente afectivamente es la mujer, el temor tendrá más que ver con el agobio que supone cumplir las obligaciones que implican tener un hijo.

Casi siempre el lenguaje no verbal dice más sobre una persona que sus propias palabras. En este sentido, uno de los comportamientos que pueden delatar a un dependiente emocional es su tendencia a asirse a la persona amada. Del mismo modo que es habitual que, en la infancia, la niña se abrace a su padre, y el niño a su madre; el dependiente emocional suele apoyarse en su pareja. Acostumbra a tomarle la mano o toca a su pareja con mucha frecuencia.

Para compensar su miedo a la soledad y al abandono, el dependiente emocional trata de llamar la atención de los demás. Una forma poderosa de atraer la atención de otros es participar en la vida pública. Así, muchos artistas, actores, cantantes, famosos, comediantes e incluso políticos sintieron la herida del abandono en la infancia, de manera que necesitan sentirse rodeados por una amplia audiencia para compensar sus carencias emocionales.

Las personas que han tenido heridas emocionales del abandono en la infancia, tendrán que trabajar su miedo a la soledad, su temor a ser rechazadas y las barreras invisibles al contacto físico.

 La herida causada por el abandono [niño desamparado] no es fácil de curar. Así, tú mismo serás consciente de que ha comenzado a cicatrizar cuando el temor a los momentos de soledad desaparezca y en ellos empiece a fluir un diálogo interior positivo y esperanzador.

La máscara del miedo al abandono: la persona dependiente 

Detrás del dependiente [herida de abandono] se oculta una persona hábil que sabe cómo satisfacer sus necesidades. Entre otras cosas:

  • Sabe lo que desea. Es tenaz y perseverante.
  • No vacila cuando tiene la determinación de conseguir algo.
  • Tiene don de comediante; sabe captar la atención de los demás.
  • Tiene un gozo natural, es jovial, sociable y refleja su alegría de vivir.
  • Es capaz de ayudar a otros, porque se interesa por ellos y sabe cómo se sienten.
  • Tiene aptitudes para utilizar sus dones psíquicos en el momento oportuno cuando ha dominado sus temores.
  • A menudo posee talentos artísticos.
  • Pese a que es sociable, tiene necesidad de momentos de soledad para volver a encontrar su camino.

 

  1. El miedo al rechazo

El miedo al rechazo es una de las heridas emocionales más profundas, pues implica el rechazo de nuestro interior. Con interior nos referimos a nuestras vivencias, a nuestros pensamientos y a nuestros sentimientos.

En su aparición pueden influir múltiples factores, tales como el rechazo de los progenitores, de la familia o de los iguales. Genera pensamientos de rechazo, de no ser deseado y de descalificación hacia uno mismo.

La persona que padece de miedo al rechazo no se siente merecedora de afecto ni de comprensión y se aisle en su vacío interior. Es probable que, si hemos sufrido esto en nuestra infancia, seamos personas huidizas. Por lo que debemos de trabajar nuestros temores, nuestros miedos internos y esas situaciones que nos generan pánico.

Si un niño percibe que es rechazado o no deseado por alguno de sus progenitores u otro de los cuidadores influyentes, pensará que no es digno de ser querido y amado. Por tanto, crecerá con una autoestima muy baja. Se infravalorará con frecuencia y será víctima de un gran miedo al fracaso, por lo que buscará continuamente la aprobación de los demás.

Si un niño se ha sentido rechazado por sus padres, es muy probable que tienda al aislamiento y que adopte una actitud huidiza. Porque la reacción básica de una persona que se siente rechazada es huir. Un niño que ha sufrido la herida emocional del rechazo suele crearse un mundo imaginario, de modo que se pasa gran parte de su tiempo en “la luna”. Es probable que se encuentre más a gusto jugando sólo e inventándose historias. Esa es su manera de huir de la realidad. En general, aquellos que se han sentido rechazados en la infancia suelen tener pocos amigos en el colegio y lo mismo les sucede más tarde en los trabajos. Se sienten más cómodos en soledad.

Ya de mayores, las personas huidizas tienden a no apegarse a las cosas materiales, porque éstas les podrían atar y les impedirían huir en un momento dado. De igual modo, les cuesta mucho comprometerse afectivamente con otra persona por su tendencia a la huida y por su miedo a volver a ser rechazado. A menudo, salen ‘corriendo’ de una relación cuando alguien les ama porque se sienten asfixiados. A causa del rechazo sufrido en la infancia, no se sienten merecedores del amor. Así que, cuando alguien les ama, no creen que esto pueda ser así y pueden llegar incluso a sabotear la relación.

Los huidizos no son personas materialistas, sino que suelen sentirse atraídos por el mundo espiritual y cultivan aficiones intelectuales como la lectura, por ejemplo.

La persona con la herida emocional del rechazo durante la infancia se infravalora y descalifica a sí mismo hasta tal punto que se anula. Para compensar esta baja autoestima, busca a toda costa ser perfecto en todo lo que hace para lograr el reconocimiento de los demás, en especial de su familia. Este perfeccionismo esconde un gran temor a cometer algún error. Siente que si se equivoca será criticado y juzgado por ello, lo que para él se equipara a ser rechazado nuevamente.

Como se cree muy imperfecto, trata de compensarlo persiguiendo la perfección de todo lo que hace. Confunde, por tanto, el “ser” con el “hacer”.

Su tendencia al perfeccionismo puede ser tan obsesiva, que a menudo cualquier tarea le puede llevar demasiado tiempo, lo que termina por bloquearle. Tiene auténtico pánico a fallar, a equivocarse, por lo que al final se paraliza.

La herida emocional del rechazo es tan intensa y profunda que las personas que la han sentido pueden acumular un gran rencor, sobre todo, hacia sus progenitores, aunque no lo reconozcan.

Mensajes internos de la persona con esta herida: No tengo derecho a existir, soy invisible, puedo ser substituido, no soy nada especial, sobro, no merezco estar aquí, no soy bienvenido…. El que tiene miedo al rechazo, va tener una tendencia hacia la huida. La persona, que se siente rechazada, no es objetiva, pues interpreta lo que vive a su alrededor, bajo el filtro de su herida y se siente rechazada, aunque no lo sea. 

Si es tu caso, ocúpate de tu lugar, de arriesgar y de tomar decisiones por ti mismo. Cada vez te molestará menos que la gente se aleje y no te tomarás como algo personal que se olviden de ti en algún momento.

La máscara del miedo al rechazo: la persona huidiza

Detrás del huidizo [la herida del rechazo] se esconde una persona capaz de asumir muchas responsabilidades, dotada de una adecuada aptitud para trabajar. Además es:

  • Espabilada, con una enorme capacidad para crear, inventar e imaginar.
  • Particularmente apta para trabajar sola.
  • Eficaz y capaz de pensar en innumerables detalles.
  • Capaz de actuar en la medida que se requiera en caso de urgencia.
  • Sin necesidad de otros a toda costa. Puede apartarse de los otros sin problemas y sentirse bien sola.
  1. Miedo a la humillación

Esta herida se genera cuando en su momento sentimos que los demás nos desaprueban y nos critican. Podemos generar estos problemas en nuestros niños diciéndoles que son torpes, malos o unos pesados, así como aireando sus problemas antes los demás; esto destruye la autoestima infantil.

Las heridas emocionales de la humillación generan con frecuencia una personalidad dependiente. Además, podemos haber aprendido a ser “tiranos” y egoístas como un mecanismo de defensa, e incluso a humillar a los demás como escudo protector.

 La persona que ha sentido humillada en la infancia, a menudo, desarrolla una actitud masoquista en su adultez, es decir, que encuentra satisfacción, e incluso placer, en el sufrimiento. Aún cuando lo haga de manera inconsciente, busca humillarse y castigarse antes de que otra persona le pueda dañar.

Por otra parte, es frecuente que la persona masoquista se preocupe mucho por hacer todo por los demás y cuidarles. Sin embargo, este sentido del deber se explica más por su inclinación a castigarse y a imponerse obligaciones. Así, por ejemplo, es habitual escuchar a muchas mujeres con personalidad masoquista que están hartas de haberse convertido en la sirvienta de todos en su casa. Pero ellas mismas son en muchas ocasiones quienes perpetúan ciertas situaciones de desigualdad y se crean la obligación de atender y sobreproteger de manera insana a los hijos. Porque la persona masoquista, hombre o mujer, tiene la costumbre de asumir responsabilidades que no le corresponden y sentirse culpable si no puede cumplir con ellas.

Sucede, incluso, que, si alguna persona muy cercana se siente triste y desdichada, la persona masoquista se llega a sentir responsable de la infelicidad de ese familiar o amigo. Está demasiado atenta a los cambios del estado de ánimo de los demás. Sin embargo, desatiende por completo sus propias necesidades.

Con el objetivo de evitar pasar vergüenza a los hijos o a su pareja, la persona masoquista tiende a ser muy controladora: trata de controlar la apariencia, la educación, el comportamiento y la forma en que viste su familia y ella misma.

Si la persona con la herida de la humillación en la infancia se ha sentido rebajada en muchas ocasiones, de mayor puede llegar a convertirse, como mecanismo de defensa, en un individuo tiránico. La tendencia al control se acentúa y se llega al despotismo e incluso a la predisposición a humillar a otros.

Por otro lado, una de las mayores limitaciones que se autoimponen las personas masoquistas es a expresar libremente lo que quieren y lo que necesitan. Se reprimen por la vergüenza de qué pensarán de ellos o por el miedo a avergonzar a otra persona.

Mensajes internos de persona con esta herida: Esta herida se basa en que cómo me han humillado de pequeño, me creo que soy lo peor, soy malo, soy un problema. Y sin darme cuenta, voy a crear situaciones en mi vida, que buscan mi humillación o la desaprobación de los demás. Como he vivido la desaprobación, yo también voy a desaprobar, y voy a criticar. Esto crea una carga emocional muy fuerte en la espalda, en la mochila que todos llevamos con más o menos piedras. 

Haber sufrido de este tipo de experiencias requiere que trabajemos nuestra independencia, nuestra libertad, la comprensión de nuestras necesidades y temores, así como nuestras prioridades. De esta manera tendrás menos peso, te sentirás más libre. No necesitas humillar para sentirte escuchado/a. Puedes reconocer tus propios límites.

Al humillar a alguien se lo hace dependiente, tirano e inclusive egoísta. Para sanar ese aspecto, hay que aprender a regenerar la autoestima, trabajar en su independencia y en su seguridad personales, a fin de lograr el equilibrio.

La máscara del miedo a la humillación: la persona masoquista

Detrás del masoquista [miedo a la humillación] se oculta una persona audaz, aventurera, con una enorme capacidad para desenvolverse en diversos ámbitos. Entre otros:

  • Conoce sus necesidades y las respeta.
  • Es sensible antes las necesidades de los demás y capaz también de respetar la libertad de cada persona.
  • Es buen mediador y conciliador, susceptible a ser objetivo.
  • Es jovial, ama el placer y hace sentir a los demás cómodos.
  • Es de naturaleza generosa, servicial y altruista.
  • Es buen organizador y reconoce sus talentos.
  • Es sensual, se permite sentir placer.
  • Tiene gran dignidad y manifiesta su orgullo.

 

  1. Miedo a la traición o el miedo a confiar

Surge cuando el niño se ha sentido traicionado por alguno de sus padres principalmente, no cumpliendo sus promesas. Esto genera una desconfianza que se puede transformar en envidia y otros sentimientos negativos, por no sentirse merecedor de lo prometido y de lo que otros tienen.

Haber padecido una traición en la infancia, es probable que sientas la necesidad de ejercer cierto control sobre los demás, lo que frecuentemente se justifica con un carácter fuerte.

La herida emocional de la traición en la infancia también puede tener su origen en una traición o en un engaño de uno de los progenitores al otro. El niño siente entonces la traición como si la hubiera sufrido él mismo en primera persona.

Sea por la experiencia de traición que fuere, el niño percibe que no se puede fiar de nadie. La decepción le lleva a no confiar.

La persona que ha sufrido la herida emocional de la traición en la infancia es muy probable que desarrolle la tendencia a controlar a los demás para protegerse del engaño.

A diferencia del masoquista que controla para evitar sentir vergüenza o para no avergonzar a los demás, aquella persona que ha sentido la traición se vuelve controladora para asegurarse de que los demás mantendrán sus compromisos. Asimismo, también ejercerá el control para garantizar que él mismo cumplirá sus compromisos y se comportará de forma fiel y responsable.

El controlador tiene un carácter fuerte y enérgico. Defiende con vehemencia lo que cree y espera que los demás acepten sus opiniones. Necesita tener el control de la situación y convencer a toda costa a los demás. En cualquier caso, le gusta decir siempre la última palabra.

Al controlador le ponen nervioso las personas que se explican de manera confusa o muy lentamente. Le exasperan porque la persona controladora suele tener muy poca paciencia.

Suelen ser personas que comen con ansiedad, con gran rapidez, porque consideran que no tienen tiempo que perder.

Si algo no funciona según sus expectativas, va más lento de lo esperado y, sobre todo, si surge algún imprevisto, el nerviosismo del controlador se puede ir transformando en agresividad. Detesta lo inesperado.

Cuanto más profunda haya sido la herida de la traición que haya experimentado en su infancia, más deseará tener el control de la situación, prever el futuro y defenderse así de una nueva traición. El controlador, por tanto, quiere adelantarse a los acontecimientos. Le da muchas vueltas a todo en su cabeza. Esta tendencia le impide vivir con plenitud el aquí y el ahora. Así, por ejemplo, mientras trabaja, se ocupará de planificar las próximas vacaciones; y ya en vacaciones, estará pensando sobre los problemas del trabajo. Le resulta casi imposible desconectar.

Asimismo, para una persona controladora, es muy difícil delegar alguna función en otra persona y confiar en ella.

Si bien a la persona controladora le cuesta fiarse de los demás, no puede soportar que los demás no confíen en ella. Para el controlador, si alguien no confía en él, siente que esa persona le ha traicionado.

Le encanta pregonar a los cuatro vientos su gran dedicación al trabajo y lo que es capaz de hacer. Para el controlador, es fundamental que los demás le valoren como persona responsable en la que se debe confiar. Su reputación es un valor muy importante que defenderá por encima de todo. Si alguien dice algo que pone en entredicho su buena fama, se sentirá insultado y puede llegar a mostrarse colérico. El controlador no dudará en mentir para salvaguardar su reputación como persona responsable, cumplidora y fiel. Traicionar a otra persona es tan inaceptable para el controlador que se negara a admitir que lo haya hecho alguna vez en su vida. Así, por ejemplo, si incumple una promesa, se inventará miles de excusas para justificar su comportamiento y evadirse de la realidad.

A las personas controladoras les encanta organizar la vida a los demás, en especial de sus hijos y pareja. A menudo confunde ayudar con controlar. No suele preguntar a los demás lo que en realidad necesitan, le gusta más decidir directamente por ellos. Él/ella ‘sabe’ lo que les conviene. Cuando se hace cargo de los problemas ajenos, siente que los otros son más débiles que él/ella.

Por su parte, el controlador rara vez se mostrará necesitado, ni pedirá ayuda ni admitirá sus problemas. Prefiere mostrarse fuerte en toda ocasión por miedo a que alguien aproveche su vulnerabilidad para traicionarle y hacerle daño.

La persona controladora no puede admitir la ruptura de un compromiso, ya sea material o afectivo. Esto explica que, por ejemplo, a este tipo de personas le resulte muy complicado separarse de su pareja cuando se acaba el amor. Como el controlador no puede aceptar que la idea de la separación provenga de él, porque estaría traicionando su palabra, se las ingenia para provocar que sea su pareja quien tome la decisión de la separación en último término. Así la persona controladora no será acusada de traición, mientras que su pareja será ‘oficialmente’ para la familia y los amigos la ‘traidora’.

Estas personas suelen confirmar sus errores por su forma de actuar. Sanar las heridas emocionales de la traición requiere trabajar la paciencia, la tolerancia y el saber vivir, así como aprender a estar solo y a delegar responsabilidades.
Estas en vías de sanación cuando: No necesitas controlar tanto, lo que te pasa a ti, y lo que pasa a tu alrededor, sabes que no está en tu mano. Puedes gestionar mejor tus emociones. Te permites ceder más ante los demás, no siempre tienes la razón. Puedes confiar más y entregarte a los demás, a pesar del miedo a que te hagan daño. 

La máscara del miedo a la traición a confiar: la persona controladora

Detrás del controlador [herida de la traición] se oculta generalmente una persona que tiene cualidades de dirigente. Además:

  • Por su fuerza, brinda seguridad y protección.
  • Es muy talentoso. Es sociable y tiene buen sentido del humor.
  • Posee la habilidad de hablar en público.
  • Es apta para percibir y valorar el talento de cada persona, ayudándolos a adquirir más confianza en sí mismos.
  • Es capaz de delegar, lo que ayuda a otros a valorarse.
  • Sabe rápidamente como se sienten los demás y reduce el dramatismo al hacerlos reir.
  • Es capaz de pasar rápidamente de una situación a otra y de manejar varias cosas al mismo tiempo.
  • Toma decisiones sin vacilar. Encuentra lo que le es necesario y se rodea de las personas que requiere para proceder a la acción.
  • Es capaz de lograr grandes hazañas en diferentes campos.
  • Confía en el Universo y en su fuerza interior. Es capaz de ceder completamente.

 

  1. Miedo a la injusticia

La injusticia como herida emocional se origina en un entorno en el que los cuidadores principales son fríos y autoritarios. En la infancia, una exigencia en demasía y que sobrepasa los límites generará sentimientos de ineficacia y de inutilidad, tanto en la niñez como en la edad adulta.

Las consecuencias directas de la injusticia en la conducta de quien lo padece será la rigidez, pues estas personas intentan ser muy importantes y adquirir un gran poder.

Además, es probable que se haya creado un fanatismo por el orden y el perfeccionismo, así como la Incapacidad para tomar decisiones con seguridad.

Cuando alguien no se ha sentido valorado o respetado en su infancia, queda lastimado por la herida emocional de la injusticia. Esto significa que la persona cree que no ha recibido lo que se merecía, pero también a veces este desgarro se puede producir cuando la persona cree haber recibido mucho más de lo que se merecía. Por tanto, la herida de la injusticia puede ser causada por progenitores o cuidadores influyentes que tratan con desigualdad a los hijos, que son muy fríos, autoritarios o excesivamente exigentes con alguno de ellos. Pero también puede ser provocada si un hijo cree que se le han dado muchas más cosas materiales que a los otros.

La reacción más habitual ante una situación injusta que no podemos cambiar, sobre todo si sucede en la infancia, es distanciarse de nuestros sentimientos con el objetivo de proteger nuestra conciencia. De este modo, alguien que haya sufrido la herida emocional de la injusticia en la infancia tenderá a cortar por lo sano sus sentimientos y se volverá una persona rígida.

Aunque parezcan fríos, aquellos que tienen un carácter severo son en realidad bastante sensibles, pero reprimen sus sentimientos de cara al exterior.

Es frecuente que las personas rígidas mantengan una relación bastante correcta con sus progenitores, incluso en la adolescencia, pero que esa relación sea muy superficial, de manera que nunca les hayan expresado lo que realmente sentían.

Si nos fijamos en la comunicación no verbal, son personas proclives a protegerse de los demás cruzando los brazos por delante del pecho o que bloquean sus extremidades en posición defensiva. Asimismo, suelen preferir los colores oscuros en su vestimenta y todo aquello que suponga un cierto control de las emociones.

Quien se caracteriza por la rigidez tenderá, asimismo, al perfeccionismo porque sus objetivos serán la exactitud y la justicia. Cree que si consigue ser perfecto en lo que hace o dice, logrará, por consiguiente, ser justo. No puede comprender que si se aplica a rajatabla una norma se puede ser, paradójicamente, muy injusto con alguien.

La persona rígida suele tener una concepción muy maniquea de la vida porque para ella tener muy claro qué es lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto es de suma importancia. Suele expresarse en términos como “siempre”, “nunca”, “esto está bien”, “esto está mal”.

Si los padres han sido demasiado estrictos y exigentes, de forma que nunca valoraban a su hijo por sí mismo, éste ya de mayor estará convencido de que sólo se le puede apreciar por lo que hace o consigue, pero no por lo que es.

Como tiene como valor más preciado la justicia, siempre procura ser merecedor de lo que recibe. El mérito es fundamental en su concepción de la vida. Si logra algo sin haberse esforzado demasiado, cree no merecerlo y se las ingenia, de manera no consciente, para perderlo. Porque una de las características de las personas rígidas más difíciles de comprender por aquellos que no han sufrido la herida de la injusticia en la infancia es que, a veces, les pueda parecer más injusto ser beneficiados por la suerte que ser desfavorecidos por ella.

Asimismo, quien ha padecido la herida emocional de la injusticia en la infancia es más proclive a sentir envidia de quienes más reciben en la vida y, a su juicio, no lo merecen por su poco esfuerzo.

Dado que el mérito es tan importante para la persona rígida, se exige demasiado y quiere hacerlo todo perfecto, lo que puede llevarle a tener problemas con la falta de tiempo. No se permite mucho tiempo para descansar, ya que desearía resolver todos los problemas enseguida. De hecho, se puede llegar a sentir muy mal si no está realizando alguna actividad mientras otra persona trabaja.

Como su autoexigencia es muy alta, aquellos que tienen un carácter rígido no suelen respetar sus propios límites físicos y psicológicos. A veces, tienen incluso dificultades para reconocerlos.

Por tanto, la persona con la herida emocional de la injusticia se trata, en realidad, bastante injustamente a sí misma, pues tiende a controlarse y tiene la curiosa habilidad de crearse demasiadas obligaciones. Además, ni siquiera se cuestiona si esas obligaciones responden a lo que realmente necesita y desea hacer.

Es más: el rígido detesta pedir ayuda. Prefiere hacer todo solo porque quiere que el resultado sea perfecto.

Por otra parte, aquellos que tienen una personalidad rígida les gusta que todo esté ordenado, lo que puede terminar derivando en una obsesión.

Pese a que prefiera hacer las cosas por su cuenta, la persona rígida tiene un gran miedo a equivocarse, por eso tiene esa pulsión por el perfeccionismo y se exige tanto en todos los ámbitos de su vida. Esto le genera una gran tensión emocional porque trata de imponer la perfección en todo. Y como eso es imposible, se aboca al sufrimiento.

Requiere trabajar la desconfianza y la rigidez mental, generando la mayor flexibilidad posible y perdiéndole miedo a confiar en los demás.

 Estará en vías de sanación cuando pueda realizar algo sin necesidad que los demás te lo valoren y después sentirte bien. Has podido conectar con tus emociones, de forma más frecuente, o regular su intensidad. Puedes valorarte tú, primero, y aceptarte tal como eres. Puedes equivocarte, y no se acaba el mundo.

Mensajes internos de la persona con miedo a que no la valoren: Necesito ser perfecto, brillar para sentirme reconocido. Si paso desapercibido, no soy nadie. Puedo estar desconectado de mis emociones, o vivirlas con mucha intensidad. Vivo injusto el hecho de que no me reconozcan. Intento ser el centro de atención para que me reconozcas y así, poder reconocerme yo. Intento ser perfecto, y no puedo equivocarme. Llevo encima, mil máscaras en función de lo que necesite el otro. Soy más bien rígido, aunque intento evitarlo a toda costa. 

La máscara del miedo a la injusticia: la persona rígida

Detrás del rígido [herida de la injusticia] se esconde una persona creativa, con mucha energía, dotada de una enorme capacidad de trabajo. Y también:

  • Es ordenada y excelente para producir un trabajo que exije precisión.
  • Cuidadosa, se ocupa de los detalles.
  • Con capacidad para simplificar y explicar claramente lo que enseña.
  • Muy sensible, sabe lo que sienten los demás sin perder de vista sus propios sentimientos.
  • Sabe lo que debe hacer en el momento oportuno.
  • Encuentra a la persona precisa para realizar una tarea específica y la palabra exacta y justa que decir.
  • Entusiasta, llena de vida y dinámica.
  • No necesita a otros para sentirse bien.
  • Al igual que el huidizo, en caso de urgencia sabe qué hacer y lo hace ella misma.
  • Consigue afrontar situaciones difíciles.

Como podrás comprobar, algunas aptitudes existen en más de una herida, lo que surte el efecto de multiplicar a las primeras, transformándolas en triunfos extraordinarios para manifestar lo que deseas. Siendo consciente de la persona única que eres, no puedes dejar de ser fuente de inspiración que infunde energía.

Ahora que conocemos las cinco heridas del alma que pueden afectar a nuestro bienestar, a nuestra salud y a nuestra capacidad para desarrollarnos como personas, podemos comenzar a sanarlas.

 

  • Fuentes bibliográficas: 
  • Reyes, A.“Las Heridas emocionales de la infancia”, disponible en:

http://www.psicoemocionat.com/1/post/2015/02/las-heridas-emocionales-de-la-infancia.html

 

Libros:

Lisa Bourbeau [2003]: Las cinco heridas del alma que impiden ser uno mismo.

 

 

Escrito por:arteterapiaec

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